Bukowski y epidemia

columna 3

 

Bukowski y epidemia

Por J.P. Medina

 

 

En su poema ¿Así que quieres ser escritor?, Charles Bukowski no tiene misericordia. Para él la profesión es algo que te quema las entrañas, no apacigua algún fuego. Es un recordatorio de que no importa el lugar ni el momento, sólo importa escribir nada más por el deseo y la urgencia y la impaciencia de volver a escribir.

Escribió esto porque sabía lo que era vivir atrapado en el conformismo. Por 14 años se vio a si mismo repitiendo una y otra vez el día y la noche en un trabajo que no quería, malgastando su vida como no se le antojaba. Hasta que finalmente, y sólo por gusto, se dejó llevar para “sobrevivir con el oficio de escritor”.

Conocí a Bukowski casi diez años después de su muerte. Fue por casualidad y no por sus novelas o libros de poesía; fue por Barfly, película de 1987.

En el filme, Henry Chinaski, el alter ego de Bukowski (papel perfectamente representado por el actor Mickey Rourke), es un poeta que se (las) gasta la vida entre borracheras, peleas callejeras, poesía e insomnio; hasta que conoce a Wanda Wilcox (Faye Dunaway), otra alcohólica recurrente, y se le presenta la oportunidad de publicar sus poemas.

No es hasta llegar al climax de la historia cuando Henry, en medio de esta absurda estabilidad, exclama y refiere: Hey babe, look around, this is a cage with golden bars.

Todo escritor nuevo, recién salido del empaque, ha querido ser Charles Bukowski. A veces aunque ni siquiera lo conozcan de algo. Es parte del estereotipo, la imagen, el porte. Es el cigarro en la boca, la botella en la mano, el olor a tinta en la otra. Es un romanticismo ácido y sucio; volar cerca del sol. Se ven a sí mismos en una habitación oscura con la luz de la luna atravesando la pieza como una flecha en el corazón, escuchando la máquina de escribir, atormentado por sus propios fantasmas.

Mi etapa Bukowski fue entre los 17 y 21 años. Whisky a las dos de la mañana y la portátil abierta de par en par, con ese blanco iluminado que estaba muy frío y muy lejano. Escribir era escribir. Los dedos sobre el teclado, en un ritmo suave, con la habitación dando vueltas y alguna imagen absurda dando vueltas por la coronilla.

Al crecer dejé el alcohol y, unos años después, el tabaco. Algunas veces bebo una cerveza y el sueño cae pesado. Fumar un cigarro entero me da náuseas y la pantalla, todavía en blanco, se queda así en lapsos cada vez más largos. Las preocupaciones son cada vez más grandes, las responsabilidades menos permisivas. Es una especie de menopausia literaria. El sexo ya no se ve tan interesante.

Tal vez Bukowski tenía razón. Tal vez es justo como Mickey Rourke, cayéndose de borracho, le contestó a su interlocutora:

— Muñeca, nadie que escriba algo que merezca la pena puede escribir en paz.

Pero todavía hay algo de ilusión en todo esto de formar palabras.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s