[Cuento] Fósiles de dinosaurio

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Por J.P. Medina

 

Fue, con certeza, el acontecimiento más grande de la historia en San Baltazar de los mares desde su fundación, allá por 1827. Tan grande fue que al cabo de unos días se convirtió en objeto de discusión nacional e internacional y todo el mundo tenía los ojos puestos en esa pequeña comunidad que no rebasaba los 400 habitantes.
—Un avión, por ejemplo, no supone algún problema. Nos tomaría por sorpresa la falta de estruendo, por supuesto, del fuego y los gritos y el humo enegreciendo el cielo; pero un avión puede venir de cualquier parte. Es más fácil que algo caiga a que algo encalle —dice una de las voces del pueblo ante las cámaras y luces. —Porque una cosa es una cosa y otra cosa es, pues, otra cosa.
El hombre laborioso y accesible de palabra tiene razón. San Baltazar de los mares, a pesar del sintagma preposicional, no se encuentra cerca del mar o de cualquier otro cuerpo acuífero. Es una aldea diminuta, rodeada de una sierra árida, donde no se puede cosechar otra cosa que no sean nopales y mojados. Cualquiera diría que parece la garganta de alguien que lleva más de veinte años fumando una cajetilla de cigarros diarios. Igual de seca y áspera.
Y sin embargo esa ventajosa mañana de junio los habitantes de San Baltazar se toparon con la sorpresa de un ARM Montes Azules que había encallado frente al palacio municipal. Transversalmente. Sobre el kiosko donde muchas veces se habían juntado los de la banda local a tocar con desatino.
Fue la armada de México quien dio fe al descubrimiento. Como si no hubiera existido físicamente hasta que las tropas rodearon el perímetro y subieron a proa para confirmarlo. Cualquiera puede subir a proa. Algunos habitantes del pueblo lo hicieron mucho antes de los soldados. Fue gracias a los aventureros locales que se supo que en cubierta se había librado una sangrienta batalla en el pasado. Así al menos lo narraban ellos cuando volvían. Decían que había manchas oscuras que iban de un lado a otro y retazos de ropa vieja que se habían enganchado en las salientes de acero y metal. Que el pueblo desde las alturas parecía de juguete y un silencio poco natural flotaba alrededor. Finalmente, decían los menos cautos, estaban las cabinas y las cabinas parecían fauces abiertas que llevaban a ningún lugar. Parecían era un decir, porque uno tenía que estar muy mal de la cabeza para meterse ahí. Un misterioso vaporcillo emergía del interior de la nave como si fuera una respiración pesada y ambigua. Mejor persignarse y no tocar nada hasta que lleguen los federales.
La investigación duró sólo una semana y al cabo de ese tiempo se retiraron sin llevarse nada. Por alguna razón parecían ser menos los soldados los que salieron de San Baltazar que los que habían entrado. En fin, que prometieron volver. Así como cuando prometieron que les traerían una nueva escuela o médicos especializados para el consultorio. Las promesas suenan bien frente a las cámaras pero es como una bella decoración en un horrendo pastel.
Cuando todos se fueron y sólo quedo la fragata la mayoría retomó su vida diaria como si nada de eso hubiera sucedido. A lo mucho era un monumento que nadie pidió pero al que se puede acostumbrar a la larga. Con los meses los pobladores hicieron suya la nave como se vio demostrado por el grafitti, la propaganda, las largas lonas de promoción y demanda; y la facilidad que tenía el objeto inamovible para resguardar a los sujetos imparables.
Fue tal vez quizá por ello que se dieron cuenta que la fragata ocultaba un secreto aterrador, cuando vieron que muchos de los vagabundos y desahuciados poco a poco desaparecían del pueblo. En una próxima entrevista con los que frecuentaban a los hombres y mujeres en cuestión, los habitantes del pueblo supieron que se habían adentrado a las cabinas del interior de la nave y no habían vuelto desde entonces. ¿Que provocaría semejante decisión? ¿Que aguarda dentro del ARM que ninguno ha bajado de la nave para relatar sus proezas? ¿Tesoros? ¿Conocimientos? ¿Vida digna? Y como el que no entiende de amenazas, unos muchachos del pueblo, hastíos y aburridos por como pasa el tiempo tan despacio en San Baltazar de los mares, se adentraron en las profundidades dejando atrás los escándalos de novias, amantes y esposas.
No paso mucho tiempo para que la presidencia municipal tuviera participación. Se enviaron a los hombres mas recios y toscos que han nacido en esa tierra y entraron para nunca más volver. Para nunca más tumbarse entre los matorrales y recibir un baño de sol como Dios manda.
Acaso era curiosidad lo que motivaba a los hombres en San Baltazar de los mares. Miedo nunca. El miedo se les escurría por la sien derecha que era el mismo lado donde pegaba el sol. Y la curiosidad, que es abominable e insaciable, llevó a cada hombre, mujer y niño al interior de esa bestia de acero. Había quien aspiraba a la grandeza, había quién se embarcaba detrás de un ser querido. Había suicidas, ambiciosos y lujuriosos. Había quienes la santa católica y apostólica los guiaba y había quienes eran ciegos de nacimiento y la oscuridad era cualquier oscuridad.
Y así se fueron restando los números en el pueblo de San Baltazar de los mares. Y de los que por accidente llegaban al sitio (por accidente porque nadie en su sano juicio tiene planeadas unas vacaciones en ese inhóspito lugar) tampoco se supo a la larga. Y de los que venían de peregrinaje, ya sean norteamericanos, europeos u orientales; solo la sombra de su arrastre quedó para la prosperidad.
Y de los mares sólo el nombre. San Baltazar es su apellido.

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