notas sueltas (e incompletas) CXLIII

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¿Por qué será que ahora, que estamos tan acompañados,
queremos pertenecer aún más a quienes nos acompañan?

 

 Ahora cada vez que se presenta una situación peculiar en cualquier aspecto de mi vida o la de los demás, pienso en primer lugar si eso representa algún progreso evolutivo para la raza humana.

Veo el racismo y pienso, en primer lugar: ¿Será acaso el instinto precario de unos de postergar la sangre? ¿De mantener la raza más fuerte en este planeta? Aunque claro no es cuestión de mayoría sino de inconformidad. Si eres blanco por supuesto pensarás que el blanco es quién debe heredar la tierra. Toda. Completita. Si eres negro, el mismo caso. Amarillo, cobrizo o albino no importa en realidad.

Tal vez la diferencia de opiniones tenga algo que ver también. Tal vez las ideas ajenas encienden un foco rojo dentro de nuestra cabeza. Una luz que gira dentro del cristal y desde donde emerge un sonido fuerte de sirena recién levantada.

Cuando Orwell describió que las ideas eran peligrosas debía esclarecer que sólo las ideas ajenas lo eran. Las ideas del prójimo. Las que son nuestras, en cambio, son un aspecto biológico de la evolución que nos permite sobrevivir en este entorno.

Claro que hay buenas ideas y malas ideas (siendo las malas más comunes en el resto de la población y sólo una pequeña parte de las mismas vienen de nuestro interior); pero si las pensamos es por selección natural. La realización y el resultado son parte de esa misma selección natural.

Por eso a veces creo que las guerras son una forma de limpiar a conciencia la especie. Lástima que no sea una limpieza uniforme.

notas sueltas (e incompletas) CXLII

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Muy temprano en la mañana se levanta, se estira empujando su cuerpo hacia adelante y solicita la muy pronta atención de su parte.

Desayuna con moderación y a intervalos. Esa mañana no está particularmente hambriento y de todas formas no hay lugar a donde ir después del mediodía.

Sube las escaleras con gracia y en silencio; casi como si no estuviera tocando el suelo y en su lugar flotara sobre el espacio vacío entre la superficie y sus extremidades.

Buscar la habitación vacía, con acústica, que pueda gritar desde un extremo opuesto y regrese mi voz otra vez hasta mí y me parezca ajena, extraña, marciana.

Maullar con ganas.

 

* * *

 

Que extraño es todo esto de recordar viejas amistades. Dudo mucho que tenga algún peso evolutivo.

notas sueltas (e incompletas) CXLI

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Si las paredes pudieran hablar las mías preguntarían:
¿Por qué no tengo puerta?

 

He dejado de pensar en cual es el día en el que vivo desde que me dedico en su totalidad a ser un escritor. He dejado de pensar en la rutina matutina, en los efectos negativos del lunes sobre el cuerpo, en el horario que cumplir, los sábados sociales y domingos familiares.

He dejado incluso de pensar en escribir puesto que el trabajo implica un 80% a la propaganda política y el deseo asexual contra el 20% de sentarse a teclear con ritmo.

Ahora no tengo ni siquiera grandes responsabilidades. Dolor de cabeza, a veces; gatos y perros que alimentar, por supuesto; y navegar por las redes sociales, aplicarse, buscar los medios para cuando después llegue el gran golpe, porqué no.

Ahora que no tengo que levantarme temprano, que no tengo que cuidar lo que como. Ahora que no tengo que despilfarrar dinero.

Ahora que, como desde hace unas semanas, no tengo puerta que cerrar en las narices.

[ Cuento ] Cecilia y… el experimento TAI

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Untitled by Ebony Dragon ©

 

El verde poco a poco toma posesión del camino frente a ellos. Hay por ahí algunos cedros de fuerte tronco, con las copas abultadas que van a reemplazar las palmas enanas que hasta ahora habían visto en el trayecto. La carretera, al tomar la desviación, se ensancha hasta que solo puede pasar un automóvil de cada extremo opuesto y, tras algunas curvas, llegan finalmente al pueblo.

Cecilia pasa de un lado al otro del platón y disfruta de los distintos colores de las casas. De las amarillas, las azules y de las verdes que parecen recién pintadas en contraste con algunas grises y blancas que conforman la mayoría. Cruzan la calle principal y se detienen frente a una miscelánea local, donde algunos niños juegan fútbol con un balón como piel de naranja pasada.

—¿Algo en especial que te gustaría para cenar? —pregunta Joaquín ya fuera de la camioneta, con los brazos apoyados sobre una de las laterales.

Cecilia niega con la cabeza y le hace un ademán de que cualquier cosa estará bien para ella. Joaquín entra al inmueble y Cecilia se queda afuera, observando a los niños que corren y vuelan detrás del esférico, que vociferan y gritan sin resguardo; y que se llenan la ropa de tierra y el polvo que se levanta cada vez que dan patadas en el aire.

Unos niños más pequeños que esperan su turno para usar la calle sentados tranquilamente sobre la acera se dan cuenta de la presencia de Cecilia y se acercan hasta su proximidad. Como la camioneta les queda un poco más arriba de sus cabezas solo pueden verla recostada sobre sobre sus extremidades levantando alto el mentón y ensanchando los ojos.

Cecilia, por su parte y como es su costumbre, se ha distraído del juego y observa con atención las motas de polvo que flotan en el aire y que pueden verse con toda claridad cuando pasan por el haz de luz de las farolas. Flotan, sí, pero además vuelan, danzan y juegan con las palomillas que buscan el calor de los focos. Casi como si fueran hadas de la noche que despiertan del letargo.

—¿Que hace? —pregunta uno de los niños espantándole además a Cecilia las brujas y duendes del trance. Ella se detiene un segundo a observarlo antes de responder. Le divierte un poco verlo pararse sobre la punta de sus pies.

—Veo como juegan —miente. —¿Por qué no están con ellos?

—Dicen que somos suplentes, por eso estabamos sentados en la banca —señala la banqueta de la que se ha levantado. —Cuando alguien se lastime o esté cansado yo entraré en su lugar. O Talia. O Napo. Cualquiera de los tres está bien.

—¿Y eso suele suceder muy a menudo?

El niño en lugar de responder resopla dramáticamente, cómo lo ha visto en los adultos de la televisión. Acto seguido agita la mano un poco como diciendo que a veces. La niña, que Cecilia identifica como Talia, se coloca en cuclillas y se pone a dibujar en la tierra con una rama seca. Napo, en cambio, prefiere limpiarse la nariz con la parte baja de su playera.

—Dicen que no somos muy rápidos.

Cecilia se levanta de inmediato (también dramáticamente) y ahoga una reprimenda (lo más dramáticamente posible) lo que provoca que el agua salpique un poco alrededor del vehículo. Un par de tentáculos se asoman por el frío metal y los niños se dan cuenta de ello. Observan el apéndice con la boca abierta de par en par.

—Apuesto a que son más rápidos que yo —continúa la cecaelia enroscando una de sus partes en el espejo retrovisor.

—¿Tiene un pulpo ahí? —pregunta Talia levantándose sobre la punta de sus pies para ver mejor, sin embargo no tiene la altura suficiente.

—No exactamente —el otro niño, que no se ha presentado adecuadamente piensa Cecilia, corre por detrás de la camioneta y trepa por las salientes.

—¡Es una sirena!

Y Cecilia, a la que han tocado en una fibra sensible, nada hasta donde se encuentra el niño y lo empuja con cuidado fuera de la camioneta, presionando los dedos indice y anular en la frente del pequeño.

—Cecaelia. Ce-ca-e-lia —deletrea ella.

—¿Y que es eso?

—¿Que no lo ves, niño?

—Las sirenas son mejores —dice Talia tocando una de las ventosas de sus extremidades. -Son como Ariel. Tu eres más como Úrsula, la bruja del mar.

Cecilia retira de un tirón su tentáculo y lo toma entre sus manos, acariciándolo como acarician algunas mujeres a un gatito en su regazo. Mira a la niña con el ceño fruncido.

—Pues tu no eres mejor que ellos —responde señalando a los otros niños que siguen jugando con la pelota. —No eres rápida.

Y entre las dos se sacan la lengua una a la otra.

Joaquín finalmente sale del ultramarinos con un par de bolsas de plástico en cada mano, abre la puerta del conductor y deja las cosas en el asiento del copiloto. Los niños se alejan del vehículo al verlo acercarse y corren de nuevo hasta su banqueta.

Se da cuenta de que Cecilia está molesta e intenta preguntar, sin embargo ella se sumerge hasta el fondo del platón. Resignado Joaquín vuelve a su asiento, enciende la camioneta y se retiran, dejando atrás la comuna. Cecilia se asoma tan solo un poco por encima de la superficie del agua para asegurarse que no la han visto llorar.

Minutos más tarde, cuando han pasado por los zurcos recién arados, las vías del ferrocarril que resuenan con la bestia a la distancia y la gasolinera que sabe a ultimo vestigio de la humanidad; llegan hasta un prado completamente desolado. La carretera sigue derecho, sin curvas, hasta que el mismo asfalto se funde con un deposito de sal que se dibuja inmenso. Que se pierde en el horizonte.

Siguen su camino hasta llegar a San José Alchichica. El tamaño de los trailers que están estacionados, y también de los que se van cerrando por las laterales, impresiona y asusta a sobremanera a Cecilia. La distrae del mal sabor de boca. Se mira insignificante y tan al ras del suelo.

Joaquín aparca después de bajar por un camino de tierra, lo hace de tal forma que el platón de directamente a la laguna, en el espacio entre las rocas blancas. Finalmente baja de la camioneta y se estira satisfecho.

—¿Ya llegamos?

—A Alchichica. Descansaremos aquí esta noche. —se acerca a la parte trasera. —Ven, te ayudo a bajar, agárrate fuerte. No te preocupes, el agua de aquí es salina.

Cecilia asiente y pasa los brazos alrededor del cuello de Joaquín. Uno de sus tentáculos se aferra al costado de él y, al notarlo, lo retira enseguida avergonzada. Al mismo tiempo suelta a Joaquín y toma su distancia.

—Yo puedo sola, no te preocupes —se impulsa con calma hasta salir de la camioneta y da un chapuzón dentro del cuerpo acuoso.

Joaquín, que no tiene los instrumentos para cocinar, saca de las bolsas un par de Coca Colas, una bolsa de frituras, un par de paquetes de galletas y comparte todo con su compañera de viaje cerca de la orilla. Cenan en silencio.

Cuando por fin han terminado y Joaquín coloca el resto de las envolturas vacías en una bolsa de plástico puede escuchar a Cecilia que le habla quedo con la boca por debajo del agua.

—No te entiendo.

Cecilia se levanta pero desvía la mirada.

—Que si crees que soy una bruja —repite. Joaquín, que entiende que es lo que le ha molestado todo el dia, se acomoda las gafas y le hace un nudo a la bolsa.

—¿A que viene eso?

—Los niños del pueblo… —es muy entrada la noche, pero Joaquín nota que ella se ha ruborizado.

—No les hagas caso, son niños. La mayoría de ellos son idiotas, como sus padres. Y como los padres de sus padres. Y como los padres de los padres de sus padres —y sigue con su lista mientras deposita el resto de la basura en un contenedor cercano. —Por lo que a mi respecta ese pueblo tal vez esté lleno de idiotas. 

Cecilia, que no ha dicho nada, hunde un poco la cabeza bajo el agua y de repente se escucha como algunas burbujas estallan por encima de su boca. Joaquín no tiene que verla para saber que se está riendo.

El hombre se sienta sobre una roca blanca que está al borde de la laguna, enciende un cigarrillo y le da caladas a intervalos largos. Cecilia nada zigzagueando por la costa hasta que finalmente se cansa y llega cerca de Joaquín.

—Gracias, Joaquinito.

—No hay de que.

—¿Y Joaquinito?

—Dime.

—No podemos vivir de galletas y papas fritas.

—No, efectivamente no podemos.

Y resopló dramáticamente, exhalando el humo por la nariz. 

notas sueltas (e incompletas) CXL

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Atraviesan unicornios que son blancos y que brincan sin parar
Hacia el lado mas angosto de la calle
Si te fijas bien arriba, del letrero, de zapatos hayaras
Unas hadas trabajando en un vestido azul
Parece que solo levantan la (mirada)
Cuando los duendes pasan (pasan)
Hacia el castillo al final de la calle
Es justo ahí donde hace mas calor

 

Ahora que me dedico a ser mercadólogo amateur, que me intereso por la publicidad digital y no entiendo el “no puedo” como antes lo hacía; ahora que me pasan estas cosas cuesta mucho separar el trabajo del placer.

Ahora que leo a Murakami y leo El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas me entra la envidia por el personaje principal y me gustaría poder separar mi conciencia como a él le resulta tan natural.

Ahora veo unicornios por todos lados. Son entidades traslúcidas, como si estuvieran cubiertas por una cortina ligera, esas que cubren las ventanas de la sala principal. Veo unicornios, los escucho y los contemplo en las noches entre el cansancio y la modorra.

 

¿No había una constelación con ese nombre?

 

Hace demasiado calor para seguir escribiendo esta entrada. Me da miedo que de un momento a otro se me derritan los dedos y se peguen a las teclas del portátil. Que no pueda separarme y mientras más luche más me derrita sobre el aluminio y el plástico. Que me transforme en una pasta deforme y que todos tengan que esperar a que me enfríe para poder retirarme con una pala y una cubeta de plástico.

El fatalismo es contagioso.

[ Cuento ] Té de tila para calmar los nervios (II)

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Photo by Allef Vinicius on Unsplash

(…)

Las contadas ocasiones en las que se han visto físicamente ha sido a través de una pantalla. Mireya, para reconfortarlo, le dice a Axel que, a causa del campo electromagnético que cargan los átomos de nuestro cuerpo, aún si estuvieran en la misma habitación y tomándose de las manos, no podrían sentir la piel uno del otro en realidad. Es así como funciona la física, continúa ella, a veces es fría y vacía; a veces poética y embriagadora.

Axel guarda una fotografía de ella en la cartera. Fue a imprimirla a la farmacia cuando comenzaron su misteriosa relación. Algunas noches la contempla siempre y cuando tenga tiempo libre. Mireya, por su parte, lo observa a través de una aplicación en la computadora que le permite conectarse a algunas cámaras públicas por todo el globo. A veces se lo hace saber, a veces lo observa sin que se de cuenta. Es por su bien, se repite. Esta vez es la buena.

Mira al reloj, son las diez y media de la mañana. Saca de su empaque un par de galletas saladas y se las come con cuidado de no dejar caer migajas sobre el teclado de la computadora. Está un poco más relajada, sólo tres horas más y amanecerá del otro lado, por donde yace Axel dormido en contraesquina del vagabundo, con el gorro de lana tapándole los ojos por completo. En tres horas tomará el tren ligero, se bajará en Ávila Camacho y de ahí solo un par de cuadras más hasta su casa. Seguramente comerá algo, se dará un baño y se quedará dormido hasta las nueve. No le gusta mucho dormir cuando ya ha salido el sol. Comerá algo, encenderá su computadora y se conectará temprano en el chat para platicar. Tal vez puedan usar la cámara para variar. Tal vez Mireya esté de humor para usar su arma secreta. Donde se quita el vestido y baila frente a la luz roja y se muestra desnuda y traslúcida y ruborizada. Tal vez.

—Me gané mil pesos ayer.

—Duérmete, Axel.

—Podré ir a verte muy pronto.

—No hay prisa.

—Hay que pensar en los gastos. Dónde me quedaré apenas llegue, que comeré, si hay que tomar taxi; todo eso.

—Sigues ebrio. Si no duermes te vas a estar tropezando con todos en unas horas. Entonces te echarán de la estación y tendrás que regresar caminando.

—Ya quiero estar contigo.

—Lo sé, cariño. Pero no quiero que te estés arriesgando por unos cuantos pesos, se muy bien de dónde proviene ese dinero. Mejor termina de estudiar, busca un buen trabajo, duerme de noche y vive de día. Mantente lejos de los problemas ¿de que nos serviría todo este dinero si mueres?

Y Axel no sabe si responder. Entiende que comenzarían a discutir apenas termine de escribir y presione la tecla de enviar. Sabe, además, que no se le da eso de estudiar o conseguir un trabajo decente. No es una persona conflictiva, prefiere desviarse del tema y evadir la confrontación. No le gusta recibir ordenes y, no obstante, esto es lo de menos. Tendría que pasar mucho tiempo para conseguir un efectivo como el que se ha zanjado la noche anterior en unos cuantos minutos.

Agita el vaso para asegurarse de que se ha terminado el café. El trago que queda se lo pasa de un golpe y se levanta a tirar el envase en el bote de basura. Todavía siente vértigo y tropieza con la banca que se encuentra junto al cesto. Apenas puede meter las manos para detener la caída.

—Te dije que tuvieras cuidado.

—Estoy bien.

Pero el texto comienza a ser confuso, difuso, un poco difícil de leer. Mireya entiende que es el sueño, el cansancio y el alcohol. Ahora está segura de que es mejor no contestarle más hasta que no haya dormido.

Así pasan las horas. Mireya se ha levantado más de una vez para calentar el agua y prepararse otra taza de té. Una pila de envolturas de plástico se amontona en el cesto junto al escritorio. También ha escrito más en su cuaderno. Ha escrito en más de una ocasión y para más de un tema el nombre de Axel al punto de que deja de ser el nombre de su novio hasta convertirse en una forma de ecuación. En un elemento de la tabla periódica. En sustantivo.

La luz de la pantalla se refleja en sus ojos como si estuviera quemada en sus retinas. Como un tatuaje en miniatura que fue dibujado con láser sobre las cuencas. Los párpados le pesan, no ha dormido mucho en esas dos noches. No con el pleito de apenas o con el trabajo especial que realizó el día anterior y que él cree que ella no sabía de antemano.

Para mantenerse alerta se levanta y hace un par de ejercicios sencillos. Estira los brazos, se toca la punta de los pies con los dedos de las manos, se truena todos los dedos y va y se lava la cara con agua helada. Va a la cocina y se da cuenta de que se ha terminado el té y las galletas y no hay otra cosa que comer. Cada vez hay menos que comer y menos que beber y menos que cuidar.

Regresa a la computadora. Axel sigue ahí, dormido finalmente. Falta media hora antes de que pase el primer tren. Mireya no quiere dejarlo sólo pero no puede con el sueño que carga. Sólo serán unos minutos, piensa ella, si salgo corriendo regresaré en menos de cinco minutos. Necesita más té. Antes fumaba, como lo hacía Axel, pero desde el incidente el tabaco no fue suficiente y se hizo adicta al té de tila. Mañana, tarde y noche. El calor que le provocaba el brebaje en la garganta le asentaba el dolor como si lo acumulara todo en una sola madeja para después deshacerle por completo.

Ni siquiera una vez. En todos estos años ni siquiera una vez. Todo a través de la pantalla. El primer encuentro, la primera cita, el primero video. Ni tarde ni temprano el sexo astral, los besos cómo bisutería, dormir con el celular pegado al oído, intentando no quedarse dormidos para que no terminen nunca los días así. Todo a través de la pantalla.

Axel no se da cuenta de que Mireya ha salido. Desde hace rato que no recibe mensajes suyos y duerme a ratos, lo mejor que se puede estando sentado sobre una banca pública. Con el letargo, la modorra y el cansancio recuerda como conoció a Mireya. Fue en un foro en Internet de ciencia y tecnología. En un hilo sobre las repercusiones éticas en el descubrimiento de nuevas tecnologías. Mireya nunca ha sido conservadora pero el miedo que sentía al pensar en lo fácil que era para el hombre cruzar de lo que podía hacer a lo que debería hacer era palpable. A Mireya le asombraba lo poco que los hombres y mujeres de ciencia se preguntaban si debían clonar animales, si debían poner en marcha el colisionador de hadrones, si debían crear inteligencia artificial o fábricar máquinas autómatas. Ellos hacían las cosas con la normalidad y el entusiasmo de un niño que coloca una moneda en la máquina de goma de mascar. Axel, por su parte, usaba ese foro para desahogarse de la vida diaria. No podía hablar con nadie más sobre eso porque a nadie más parecía importarle. A veces se terminaba una cajetilla entera de cigarros sólo escribiendo y contestando y viendo videos en los hilos nuevos. No siempre los entendía, claro, pero para él era el pasatiempo perfecto. Ya no se acuerda si fue él quién envió el primer mensaje privado o, en cambio, fue ella. Eso no importa. De ese día al presente ha pasado mucho tiempo que resulta inverosímil. Es casi como si ya lo hubieran vivido antes. Cómo si no fuera la primera vez que están juntos y como si no fuera la última vez tampoco.

Una luz dura y blanca que se acerca poco a poco por el túnel espabila a Axel de inmediato. Al ver que se ha quedado dormido y que se aproxima el primer tren se levanta de un tiro y apresura el paso por el andén. Con las prisas tira el celular y regresa por él. El ruido que hace el tren, aún cuando es sutil como un murmullo, crece rápidamente y Axel, desorientado todavía, entra en pánico. Corre, levanta el aparato del suelo, da la media vuelta, el piso se tambalea debajo de él, como durante un sismo. Ya casi está ahí. Cuando suba y encuentre un lugar disponible le enviará un mensaje a Mireya de que no se preocupe más y que descanse.

Mireya se ha tomado más de lo esperado. La computadora del cajero en el autoservicio sufrió un colapso y tuvieron que reiniciarla. Mientras esperaba en la fila miraba por el celular y por la aplicación pero la señal no era muy buena dentro del establecimiento y la red de la compañía telefónica tampoco ayudaba mucho en la situación. La imagen se congelaba a ratos.

Regresó a su casa a los quince minutos, diez más de lo que tenía contemplado. Dejó los sobres de té, la bebida con taurina y las galletas saladas sobre el escritorio y abrió la aplicación en la computadora. Se dejó caer en la silla cuando notó que el tren ligero se había detenido en el anden y la gente miraba hacía las vías. Algunos guardias de seguridad bajaron con cuidado pero la cámara estaba en un ángulo que hacía difícil ver lo que había sucedido.

Sin pensarlo dos veces marcó al celular de Axel. Escuchó el timbre de marcado pero no contestó. Cuando apareció la grabación del buzón de voz colgó y marcó de nuevo. Al tercer intento se dio cuenta de que la luz de una pantalla brillaba en la mano del vagabundo, quién seguía aguardando recostado en la esquina del andén. Ya no dormía pero tampoco tenía intención de retirarse.

Siguió marcando aunque estaba segura de que finalmente había pasado. Fue perdiendo sus fuerzas hasta que no tuvo más con que sostenerse.

Mireya, como le ocurría cada vez que fracasaba, se echó a llorar poco a poco colocándose en posición fetal sobre su silla. Escondiendo la cara entre sus piernas, con los brazos alrededor de sus extremidades. El video en la pantalla no tenía sonido pero ya se podía imaginar el pánico, la lástima, los: Era tan joven, ¿como habrá pasado? Los accidentes pasan.

Mireya lloró y berreó sin importarle si los vecinos podían escucharla con esas paredes tan delgadas. Lloró y se limpió las lágrimas con la palma de sus manos. De sus labios se emitía un aullido desgarrador que no podía parar por más que quisiera. Axel había muerto una vez más.

* * *

La tetera silbó dulcemente desde la estufa encendida de la cocina. Mireya se acercó, apagó la flama y se sirvió agua caliente en una taza de porcelana que tenía el dibujo de un gato color morado en el costado. Colocó una bolsa de té en su interior, una cucharada de miel y caminó hasta su habitación agitando la cuchara suavemente dentro de la taza.

Al sentarse frente a la computadora apagada pudo ver su reflejo en el recuadro negro y por primera vez en mucho tiempo no pudo reconocerse. Había envejecido bastante. Había pasado mucho tiempo simulando tener nuevamente veintidós que le costaba trabajo la realidad de sus cuarenta y pocos. Tenía bolsas bajo los ojos y arrugas como zurcos haciendo paréntesis en su boca.

Tomó un sorbo a su bebida y encendió la computadora, que no había sido encendida desde hace una semana. Mientras esperaba a que arrancara sacó el cuaderno y escribió al pie de la última página con letras profundas:

 

FALLA

Causa de muerte:

Accidente sobre las vías del tren, estación 18 de Marzo

Mes y medio más que en el último intento

Pasó dos hojas del cuaderno y en una en blanco escribió a continuación lo siguiente:

Intento Número 16

Cuando el ordenador estuvo encendido por completo hizo correr algunos programas, alteró algunas variantes, escribió sobre algunas fechas del calendario del año 2016 y corrigió notas que no estaban predispuestas como exitosas. Pasó de largo las causas de muerte. Pasó de largo el recuerdo de la primera vez que Axel murió, de lo pronto que estaban por verse, del vació que jamás se pudo llenar y que fue alimentando la idea de aquel proyecto.

Al tener en orden el resto de sus anotaciones, de haber programado con calma las circunstancias alrededor de la muerte de Axel y de contemplar las posibilidades, las probabilidades y las tendencias al fracaso dedicó el resto del día para iniciar el programa principal. Una pantalla verde parpadeó frente a ella. Tecleó sin mesura y cientos de caracteres, números y signos extraños tomaron posesión del cristal. En el campo que el programa solicitaba una fecha colocó la misma de cuando se conocieron originalmente y tomó el lugar de aquella Mireya, la de veintidós años, como lo había hecho quince veces antes. De su número de teléfono, de su cuenta en el foto y su perfil privado. Revisó la carpeta de viejos videos y fotografías de ella misma que iba a usar más adelante para continuar con la fachada. 

Mireya no iba a rendirse. No lo había hecho desde hace veinte años.

—¡Hola, me llamo Mireya! ¿Te molesta que te haya agregado?

notas sueltas (e incompletas) CXXXIX

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Photo by Chinh Le Duc on Unsplash

 

Sea cual sea el ritual a realizar, para el inexperto ojo vacilante de un hombrecillo como yo, siempre será una experiencia interesante. Sin importar la fe que se profesa, el asunto que se trate o la magia negra que poco a poco consuma los huesos de los participantes

Me pregunto si en mil años los hombres del mañana mirarán hacia atrás y se reirán de las costumbres. O, sin en cambio, perdurarán algunas de estas tradiciones hasta el final de los tiempos.

Hasta que el castillo se desmorone sobre nosotros.

 

Para encontrar el amor, hallar la paz, redimir la economía:

  1. Consigue cosas
  2. Canta himnos
  3. Llena de colores y aromas el lugar del rito
  4. Enciende mechas
  5. Cierra los ojos
  6. Guarda algunos minutos de silencio
  7. Separa el cuerpo de la mente
  8. Flota por el espacio en blanco que resulta entre tu cuerpo y el incienso
  9. Danza
  10. Piérdete un poco en la oblicua calma que se postra frente a tí

Entre diarios de navegación y notas de obituario IX

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Domingo, 30 de Julio del 2017
8:23 AM

 

I

Al despertar esta mañana en lo primero que noté es que eran las siete y media y no las ocho y tantos cuando usualmente me levanto. Me costó un poco de tiempo reconocer el nuevo lugar al que habíamos llegado, la falta de gatos en mi habitación y el dolor en las manos y hombros producto del trabajo arduo del día anterior.

En las mañanas hay un dejo de esperanza que se va apagando durante el resto de la jornada dependiendo de las circunstancias. Del poco tiempo para divertirse o solo pasar el rato. De dejar las tareas del hogar para mañana, con una chingada.

Resulta delicioso sentir los primeros rayos del sol y despejarse poco a poco del sueño. Quitarse la modorra, diría mi madre, y me imagino esto como si tuviera sobre mi espalda a un animal adormilado que necesita que lo recuesten en la cama.

 

II

Nunca terminaré por acostumbrarme a una mudanza.

Cuando era niño, por el contrario, me gustaban a sobremanera. Solía pensar en el cambio de casa como una aventura nueva que me llevaría a mundos nuevos y conocería a gente nueva.

Cuando eramos niños eramos, además de ingenuos e idiotas, muy poco atentos a todo lo que circundaba los eventos que nos asombraban. No tenía idea de lo que era empacarlo todo, de lo que era ir llevando cajas a la nueva casa, de lo que era buscar un flete, negociar, arreglar los asuntos banales o, como dice Sabina, condenar a la hoguera los archivos.

Subir, bajar. Cargar, sudar, limpiar. Sentir que el sol quema más que cuando no tienes nada más que hacer. Comer a ratos, cualquier porquería del abarrotes. Encontrar un tiempo para descansar.

Y, mierda, ese momento en el que sabes que, aunque no todo ha terminado, al menos puedes llevarte las cosas con un poco más de calma.

 

III

Ahora estoy seguro de que la gente reacciona diferente uno del otro con cada fatídica o efusiva eventualidad.

Hay un patrón para lo que puedes esperar al recibir una noticia. Hay como una alegría o una tristeza colectiva que te esperas y sabes que sucederá en el, por lo menos, ochenta por ciento de los presentes.

Sin embargo ni siquiera así puede uno entender la mesura con la que se expresa el individuo. No se puede saber la cantidad de lágrimas que serán derramadas, cuando se quebrará por completo, cuando gritará, reirá, si acaso golpeara la pared con los puños cerrados, si tirará un objeto al suelo, si desea la soledad o la compañía, si es de los que abrazan o prefieren que los dejen en paz.

Hace algún tiempo pensaba en que nunca se conoce a alguien por completo ni viviendo con esta gran parte de tu vida. Aún si es familiar, pareja o amigo. Lo mejor que podemos hacer, en cambio, es tratar de reaccionar de una manera que ayude en los momentos más difíciles y, claro, en los más agradables también.

See you space cowboy

notas sueltas (e incompletas) CXXXVIII

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Photo by Hiep Nguyen on Unsplash

 

Crónicas del hospital
Última parte

 

Cuando un hospital es viejo es difícil tener esperanza y no es nada más que una pésima sugestión.

Pienso en el polvo, en la historia, en lo obsoleto de sus instalaciones o la edad de su personal y, aunque eso no es para nada como lo imagino, no dejo de pensar en la ineptitud.

Es prejuicio arquitectónico.

Cuando las cosas han pasado es sorprendente lo fácil que se desatiende el personal. Es completamente normal, claro, es un trabajo, somos un trabajo y al final del día lo mejor es no involucrarse demasiado. Pero sigue siendo sorprendente.

Ya sea para bien o para mal

Fueron días difíciles. Y más difícil es pensar que siempre hay posibilidades de tener que vivir nuestras propias aventuras médicas y especializadas.

 

Fin, por el momento.

notas sueltas (e incompletas) CXXXVII

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Crónicas del hopital
Parte IV

 

Mi madre fue operada en una ocasión. O por lo menos una ocasión que yo pudiera recordar y que no tuviera que ver con un parto.

Ahora que lo pienso no recuerdo muy bien las circunstancias de los días de cuando nacieron mis hermanos. Con el de en medio es un poco obvio, yo tenía apenas tres años y diez meses aproximadamente. Pero con mi hermana, la más pequeña, yo rondaba por los ocho años y ya es edad para la retención de memoria.

Y no me acuerdo de nada, sólo que había nacido con demasiado cabello.

Decía entonces que mi madre fue operada en una ocasión. Nada grave, nos había dicho mi padre. Nada que fuera amenazante aunque, a la par y como dice la costumbre: cualquier intervención quirúrgica tiene sus riesgos.

Ver despertar al convaleciente es, creo, el único alivio en un hospital. Ni siquiera el alta es un sosiego tan alto como cuando ves al paciente recuperar la conciencia y que sonría de oreja a oreja.

De eso si me acuerdo. Es lo único que importa, de todas formas.